viernes, 2 de septiembre de 2016

Testimonio de una religiosa peregrina a Tierra Santa







Ir a Tierra Santa es hacer una peregrinación a las raíces de nuestra fe. El alma se sobrecoge al recorrer los mismos caminos que pisó Jesús, el Lago, los montes, la gente, el cielo, el fértil valle del Jordán, la aridez del desierto. Aquí quiso nacer Dios





En Nazaret, en la gruta de la Anunciación está escrito: “Verbum caro hic factum est”.























En cada rincón este “hic” (aquí) te hace volver a otro tiempo y respirar el aire puro de la Encarnación. En esta tierra, Dios hecho hombre, creció, amó, hizo amigos y cumplió su misión: anunciar que Dios es Padre y no Ley. Este anuncio fue un fuerte choque para la gran Jerusalén, tanto, que le costó a vida. Es sobrecogedor llegar al huerto de los olivos, bajando de la sencillez de Galilea, y sentir que allí Jesús sudó sangre, pero aceptó su misión. Tan dura, no sólo por el sufrimiento físico, sino por la incertidumbre de haber sido comprendido. Sin embargo Él acepta, deja todo en manos del Padre, y de sus discípulos. Ellos anunciaron la novedad, ellos fueron sus testigos y nosotros lo somos hoy: seguidores y testigos.

                       







  Al final del viaje me caí y me hice un esguince, ya estaba el camino hecho. Tal vez señal de este camino que deja huella. Fui muy bien atendida por todos, incluyendo el hospital, los aeropuertos, y sobre todos Fray Luis y mis compañeros, que no me dejaron perder nada de Jordania.

El impacto del viaje es increíble. Supera con creces las expectativas que tenía. Gracias a todos, porque el guía y el grupo también cuentan mucho. En pocos días formamos una familia, un pequeño grupo de testigos.




Muchas gracias.



Pepita Cordovilla,
Hermana del Amor de Dios.

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